Saturday, February 20, 2016



Chile une su red sismológica a la de otros países de la región para entender mejor sus terremotos.

Tener los datos de los movimientos de la Tierra en línea y en tiempo real no solo ayuda a lograr alertas más certeras para la población, sino también a entender mejor los movimientos telúricos. 
Por Lorena Guzmán H. 

Cuando en Chile ocurrió el terremoto del 27 de febrero de 2010 –que alcanzó una magnitud de 8,8 y que tuvo una duración de cuatro minutos­– en el país suramericano no existía una red sismológica local. Ello, junto con una mala interpretación de los datos que venían del extranjero, contribuyó a la pérdida de cerca de 550 vidas. Hoy, tras otro importante terremoto registrado esta semana,  la situación es diametralmente distinta y no se debe solo a los esfuerzos locales.
Si bien Chile es uno de los países más sísmicos en Latinoamérica, no es el único donde ocurren terremotos. A fines de mayo pasado se desarrolló en Santiago el seminario National Geophysical Networks in Latin America, que reunió a más de cien expertos de casi todos los países de la región. El objetivo fue afinar una nueva forma de trabajo que está apareciendo en todo el mundo: las redes sismológicas nacionales interconectadas en tiempo real.

Hoy Chile comparte datos en tiempo real con Estados Unidos, Argentina, Perú, Bolivia y Brasil, entre otros, y en la reunión se llegó a acuerdo con Colombia y Ecuador. Mientras que en Centroamérica se está conversando para crear un consorcio de redes locales. La meta es que nadie en el continente se quede a ciegas con los datos tras un terremoto,  como le pasó a Chile en 2010.

De nada a todo
En 2007, durante su primer período presidencial, Michelle Bachelet anunció que el país finalmente tendría una red sismológica compuesta por 65 instrumentos de última generación. Problemas burocráticos entre las distintas entidades –que debían autorizar y ejecutar los presupuestos – terminaron retrasando la compra a tal punto que recién en 2015, ocho años después, Chile logró instalar una red acorde a su sismicidad. Lección aprendida, también está buscando potenciarla aún más con la conexión regional.

El comienzo de la red de redes, cuenta Sergio Barrientos, director del Centro Sismológico Nacional de la Universidad de Chile, fue justamente tras el terremoto de 2010. “En esa ocasión vinieron cuatro grupos distintos de investigadores –de Estados Unidos, Francia, Alemania e Inglaterra– a instalar sus instrumentos para registrar las réplicas. Una vez recolectados y compartidos los datos, pensamos por qué no ir más allá”, recuerda el científico.

“Un año después hicimos esas mediciones públicas y fue tan exitoso que sirvió como ejemplo para seguir compartiendo datos internacionales”, explica. Algo nuevo, ya que antes la información recién se liberaba dos o tres años después de obtenida.
“Esta forma de trabajar ayuda a conocer mejor las fuentes sísmicas y precisar su localización”, explica Marino Protti, sismólogo del Observatorio Vulcanológico y Sismológico de Costa Rica. “Pero la función primera es la posibilidad de activar los sistemas de alerta temprana y salvar vidas”.

El Servicio Sismológico Nacional de EE. UU. (USGS) recibe datos en tiempo real de 3.000 estaciones. “A los 10 minutos se entregan una posición y magnitud iniciales, las que se van haciendo más precisas mientras pasan las horas”, explica David Simpson, presidente emérito del consorcio Incorporated Research Institutions for Seismology (IRIS) de EE. UU.
Si este mismo proceso se replica en todos los instrumentos que logran medir el movimiento, tanto la determinación del epicentro como de la magnitud se hacen más precisos. La redundancia en estos casos, dice Marino Protti, es crucial. Por eso la importancia de la conexión de la redes especialmente cuando un terremoto tiene potencial de producir un tsunami.

Cooperación
El que la información se transmita a casi todo el mundo es relevante, dice Marino Protti, porque cuando los movimientos son muy fuertes los instrumentos locales se saturan. “En estos casos el tener los datos de estaciones más lejanas permiten obtener y mejorar la ubicación y magnitud del evento”, dice.
Otro punto a favor de compartir datos es la excelencia de estos mismos. “Esta forma de trabajo obliga a todos a asegurarse que estos sean de buena calidad”, opina Sergio Barrientos.

David Simpson concuerda, pero no es lo único, dice. “Los datos libres impulsan el estudio, por ejemplo, de cómo interactúan los terremotos”, explica. Por ejemplo, Chile posee 3.000 kilómetros de costa en la zona de subducción y puede tener, como ha pasado, terremotos con rupturas de mil kilómetros. “Aunque tenga instrumentos en la zona, sin los datos de sus vecinos no puede ver toda la extensión”, ejemplifica.

Por eso tanto sismógrafos como equipos de GPS –que miden el desplazamiento– son vitales. Justamente, utilizando datos de estos instrumentos, poco más de un año después del terremoto de 2010 un equipo internacional publicó en la revista Science la anatomía desmenuzada del movimiento. Aunque este comenzó en un punto con un terremoto de magnitud 8,8, luego avanzó hacia el norte gatillando una segunda zona de liberación de energía, con una magnitud de 8,3. Fueron dos terremotos en uno.


Trabajar el línea va a ayudar caracterizar toda la zona de subducción del Pacífico, dice Marino Protti. “A pesar que es un solo proceso, la placa puede comportarse de distinta manera en diferentes partes. El poder compartir mediciones nos permite ir caracterizando las áreas de rupturas futuras”, dice.

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